20.6.12


Hay tres mujeres en la sala. La menor y la mediana están en posición fetal en un sillón alargado. Los dedos de los pies descalzos de una, tocan ligeramente la cabeza de la otra. La grande ocupa otro sillón, también a cuadros. En el terreno a dos casas de distancia, un hombre montado en un instrumento perfora el piso. La mediana llegó la noche anterior. La menor tiene celos de la mediana, porque se fue hace mucho tiempo y en sus cartas describía una ciudad rodeada por el agua. La mayor se ha dedicado a cuidar de la menor, que algunas veces sueña que vuela en un avión al que se le cae el piso y su cuerpo empieza a contraerse durante minutos hasta que su inconsciente abandona el sueño; entonces la menor parece volver a dormir con tranquilidad. La mediana lleva mucho dinero guardado en los bolsillos de su falda. A la mayor, esa casa fue lo único que le dejaron sus padres cuando cruzaron al otro lado. A la mañana siguiente, Tuve la pesadilla, dice la menor a la mayor y a la mediana si también está en casa. La mayor se alimenta de vodka y cigarros, más baratos que la comida. La mediana envió postales desde las saudades. Trac trac trac trac trac trac trac trac trac, perfora el piso. La mayor estuvo enamorada de un hombre español que le dio dos hijas y se las llevó. La mediana también fuma. La comida es para la menor. A la menor el doctor le extrajo las neuronas que contraen su cuerpo cuando tiene la pesadilla pero aún tiene la pesadilla. El primer trabajo de la mediana fue alimentar las serpientes de un zoológico ubicado en lo alto de un bosque a donde iba la burguesía a hacer camping. Depositaba conejos vivos en un cajón de metal mientras las serpientes lamían intermitente el cristal que las separaba de ella. La mayor cruzó el océano para encontrar sin éxito al español. Cuando el doctor le tocaba con un aparato una parte de la cabeza, la menor recordaba, como si lo hubiese vivido unos minutos antes, la primera vez que entró al túnel. La mediana, trac trac trac trac trac trac trac, quisiera saber cuánto tiempo pasará antes de que se le acabe la salud a la menor. Son las doce del día. Un conejo por la mañana. Ese día su madre la llevó a una heladería de mesas y taburetes que tenía las paredes pintadas de color verde menta. Le permitió ordenar dos bolas de helado, una de coco, otra de chocochips, el dependiente dejó caer chocolate caliente que al contacto con las bolas se endureció y algunas chispas de muchos colores esparcidas por arriba. La mayor tiene los brazos cruzados sobre el pecho, cada una de sus manos cubre un seno para no perderse lo que le queda de mujer. ¿Qué crees que vamos a hacer hoy? Vamos a un lugar en donde unos hombres y mujeres vestidos de blanco te van a invitar a entrar a un juego que se llama el túnel. ¿Sabes que es un túnel? En España las personas hablaban diferente, abusaban de varias letras y seguían una palabra tras otra a una velocidad que las asfixiaba. Un conejo por la noche. Trac trac trac trac trac trac trac trac trac trac. ¿Por qué regresaste?, pregunta la mayor a la mediana. El túnel era un lugar como del futuro en el que la menor jugaba a las estatuas de marfil. Su madre cuidaba de su vestido, sus zapatos y su bolsa con todos sus cosméticos mientras ella vestía una bata como del futuro. De donde viene la mediana, las personas cruzan de un terreno a otro caminando puentes; los que van hacia un lado nunca se encuentran con los que van en sentido contrario. En España trataban a la mayor como a una criolla ingenua, con su piel oscura, incorregible, sandalias y dioses improbables. Los ojos claros la rechazaban con o sin mirarla. Un conejo por la mañana. La mayor preguntaba en una y otra oficina atendida por hombres con bigote, por sus hijas. Cuando el doctor le tocaba con el mismo aparato otra parte de la cabeza, la menor recordaba a su abuelo escuchando un programa de radio. Un programa conducido por dos voces masculinas. El abuelo, alto, delgado y sin pelo, se sentaba todas las tardes en punto de las siete en un sillón reclinable de cuero café; en la mesita lo acompañaba un pequeño vaso de cristal con un líquido que parecía miel. Cuando no había conejos en el mercado, la mediana robaba ratones de la sección de roedores. Trac trac trac trac trac trac trac trac trac trac trac trac. Una vez compró gatos recién nacidos. El cuerpo de la menor empieza a temblar. La mayor protege con las manos, sus senos. Mientras el abuelo escuchaba la radio, nadie podía hacer ningún ruido aunque pareciera que estaba dormido. Ante cualquier movimiento, abría sistemáticamente el ojo izquierdo, sólo lo suficiente para ordenar silencio. La mediana estudió la primaria en una escuela a las afueras de la ciudad. Era la más alta del salón. En los baños de la escuela primaria, la compañera de pupitre de la mediana le escribía mensajes en papeles que arrancaba de su cuaderno. Un día la mayor vio a sus dos hijas caminar por la calle tomadas de la mano de otra mujer; una mujer hermosa, joven, blanca como los españoles, que hablaba como los españoles y caminaba como los españoles. En el programa de radio ponían música que no tenía palabras. Un gatito por la mañana. La mujer española llevaba lentes oscuros, las hijas también. La mediana no sabe qué responder cuando la mayor le pregunta por qué regresó. Las hijas llevaban vestidos de encaje iguales. Constantemente, la mediana soñaba con incontables serpientes amarillas que alfombraban su habitación y trepaban a su cama hasta cobijarla. La mayor vagó por las calles perdidas en los barrios perdidos en las ciudades perdidas en los países al otro lado del océano. La mediana levantaba la mano para pedir permiso para ir al baño. El abuelo de la menor llegaba de trabajar, colocaba su sombrero y su bastón en el perchero, daba unos pasos que retumbaban mientras se aflojaba la corbata y colocaba la mano derecha sobre el radio. Una pareja de gitanos adoptó a la mayor, le dio de comer frijoles de lata y agua a cambio de que remendara cortinas para vender. Si el radio estaba caliente, alguien lo había prendido sin su permiso; si el radio estaba frío, comerían todos tranquilos. La citaba en el baño, en el último de los excusados. Después de unos minutos la compañera hacía lo mismo. La primera en llegar al baño se subía al excusado para que pareciera que desocupado. La segunda cerraba con seguro, levantaba la falda de la mediana y metía su mano por dentro del calzón. Trac trac trac trac trac trac trac trac. No le puedes decir a nadie. La casa de al lado no tiene cristales en las ventanas. La menor lleva puestas unas medias blancas. Algunas veces las niñas del salón pretendían que la mediana no existía. Esas veces la mediana pasaba el recreo en el baño. La menor parpadea hasta abrir los ojos. Las ventanas de la sala están cubiertas de polvo. Tuve la pesadilla pero en blanco y negro, dice la menor.

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